santiago de chile 9: aquae urbis...


22 DE MARZO: DIA MUNDIAL DEL AGUA

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 las aguas y el origen mítico de santiago de chile

Las aguas han estado presentes desde siempre: Desde antes de la llegada del hombre y lo seguirán estando después que haya partido. Cientos de aguas han bajado por miles de años de los Andes,  rellenando de material sólido el valle donde se instala la ciudad de Santiago de Chile. Las imágenes de las inundaciones de los sectores urbanos vecinos a los cerros de la precordillera (agosto 2005), nos muestran con toda su crudeza que las aguas de ríos y quebradas diluyen la montaña y la trasladan grano a grano a la ciudad, sin apuros ni pausas.  

Aguas canalizadas son las que nos dejan de herencia los pueblos incas que ocupan este parte del territorio antes de la llegada de los españoles. Cuando el valle se hace castellano a punta de las ordenanzas de población, las aguas del Mapocho y de la Cañada son determinantes para fundar en la isla protegida por el peñón de santa Lucia, el núcleo urbano inicial.

La historia colonial está empapada de años revueltos de inundaciones, de  puentes rotos y tajamares temblorosos, puestos ahí para torcer el curso de las aguas invernales y proteger la ciudad de las arremetidas invernales. Aún resuena por los zaguanes de santo Domingo y Rosas la zalagarda de niños, gallinas  y perros corriendo delante del torrente.

En los primeros tiempos, las aguas separaron la sociedad civil de la sociedad religiosa; la ciudad de los funcionarios y las palomas en el centro, la de los cilicios y escapularios, en los bordes. División  rápidamente resuelta según relata Benjamín Vicuña Mackenna, mediante la instalación de casas de remolienda. El infierno se instaló pared de por medio, acequia medianera, con el purgatorio.

Del cañadón de la Alameda salían las calles sacras: Carmen, santa Lucía, san Isidro, san Francisco, san Diego. Demasiadas vírgenes y santos para una ciudad descreída y sudorosa, que de tarde en tarde corre a sacarse los fuegos del cuerpo, cruzando la acequia de la Alameda.

Había tanta tierra y secano al sur de la Cañada, que cuando las aguas del Maipo invaden los potreros, los frailes aprovechan la oportunidad y se transforman en los primeros promotores inmobiliarios de Santiago. La venta de la tierra sin uso ni abuso, que la Corona asignaba a los conventos corrige los escasos ingresos que producían los diezmos. Hay  tanto potrero bajando por las calles sacras, que a nadie le importa quiénes se hacen dueños de las tierras que las aguas transforman en huertos y viñedos.

Ya metidos en tiempos republicanos, el Director Bernardo O´higgins funda a orillas del río Maipo la localidad de San Bernardo para controlar las aguas de los  canales que horadan el suelo de la ciudad.  En los mejores tiempos, cerca de 24 canales hacen de  Santiago, entre el diciesiete y el veinte, una ciudad de aguas. Las fuentes de Neptuno en las alamedas y  las cajitas de agua en las plazas de Italia y de Armas, refuerzan la naturaleza hídrica de la ciudad. Las plazas por pequeñas que sean, se hacen mayores cuando el edil de turno les asigna una fuente o una minúscula cascada, tal como en la Plaza de Yungay.

No sabemos en qué momento nos olvidamos de las aguas, las metimos bajo tierra, las cubrimos de cemento, perdiendo el vínculo que  por mucho tiempo identifica nuestra condición urbana. Hoy, que la ciudad se nos recalienta por puros despropósitos, podríamos pensar en que  las aguas, las viejas y las nuevas, las que ya pasaron bajos los puentes y las por venir, pueden brindarnos la resolución de los problemas pendientes y plantarnos con seriedad y rigor frente al cambio climático que se nos avecina.

El diseño de las quebradas y su proyección como parques lineales en el interior de la ciudad -tal como lo propone la Red Seca de Inundación- la identificación de zonas húmedas, etc. constituyen empeños para recuperar la condición hídrica de Santiago y así estar mejor preparados para los desastres que nos tocará padecer por las insensibilidades que tenemos con los elementos naturales y por nuestra fiebre depredadora.

Jonás Figueroa, 2007

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