valparaíso: plaza sotomayor


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27 / 01 / 2003

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 En memoria de la Sra. Angela Schweitzer, arquitecto y profesora.


valparaíso, valparaíso...

 

Hay algo de Santiago que enturbia la mirada de Valparaíso,  el haber sido y no seguir siendo. Sin embargo, hay razones de Valparaíso que nunca tendrá Santiago, aunque ésta se llene de autopistas y ríos navegables.

 

Una de ellas es la noche, que lanza la ciudad por entre las estrellas. Valparaíso gana su cielo en los  ochavos y miradores que mutan la  ciudad puerto en ciudad puerta. Si Ud. se instala en el muelle Barón,  que hoy se encuentra en obras de remodelación para ser ganado para la ciudad y el ciudadano, podrá compartir en una noche estrellada el momento en que la ciudad simula una alargada constelación, como si se fuese el espejo de la vía láctea. En ninguna de las guías turísticas al uso aparece este  propio y desconocido nocturno. Hasta ahora, la noche pura y dura se emparentaba con los bares y tabernas, con las pensiones y los prostíbulos.

 

Junto a las estrellas, hay algo de Valparaíso que sólo lo tiene ella y nadie más que ella. Es la profunda melancolía que recorre sus calles y se vierte de quebrada en quebrada, baja por la Matriz y se pierde entre los recovecos del Almendral. Es una melancolía que se refleja en el crepúsculo, tal como la que aparecía en los ojos de una princesa portuguesa que conocí una caliente noche de verano en Figueira da Foz, a orillas del rugiente Atlántico. Este Valparaíso melancólico busca las joyas perdidas, subiendo y bajando infinitas escaleras, equilibrándose encima de las cornisas del plan, colgándose de los entramados de los ascensores, durmiendo junto a las gaviotas, asomándose a los balcones como la niña que me provoca desvelos.

 

Pero, también hay algo que Valparaíso debe abandonar para recuperar al menos el tiempo perdido, es el folclorismo o pintoresquismo que la mantiene atada a esa y otras melancolías. El folclorismo de sus desvencijados ascensores y   esperpénticas estaciones, el folclorismo de sus frágiles lanchas de la bahía, el de sus bares y restaurantes de gastados manteles y viejas sillas. El estrecho folclorismo que  recorta las ideas y achica las obras. No se puede proteger el pasado inventando lo viejo, no hay futuro si se anecdotiza la historia. Y a pesar de ello, en la modernización de estos propios folclorismos, está el futuro de la ciudad: plazas, ascensores, estaciones, universidades, museos, etc. altamente tecnologizados que terminen siendo valores culturales y económicos.

 

No es posible que cualquier apuesta de futuro deje de lado la búsqueda de las verdaderas oportunidades vinculadas con la ciudad y las industrias portuaria, pesquera y  marítima, y en cambio saque a relucir precarios valores propios de la crónica roja de la historia,  más que de un plan estratégico de relanzamiento al siglo XXI. Ya no es posible pensar en una potenciación de la industria de la construcción y la actividad inmobiliaria si no se cuenta con un plan estratégico de actividades económicas y productivas que la justifique. Con ello evitaremos repetir la experiencia de Puerto Madero en Buenos Aires, una zona desolada con restaurantes y hoteles vacíos, y edificios a medio terminar.

 

Valparaíso no puede seguir siendo la estación terminal de eternas penélopes,  ni menos fundar una estrategia de desarrollo en el abismo. Tampoco, puede  hipotecar su futuro a la espera de que los funcionarios del poder de Santiago, le asignen graciosamente alguna concesión, dejando de lado sus propias oportunidades. Por eso, Valparaíso, Valparaíso, o valle o paraíso, pero nunca malparaíso. Jonás Figueroa, 2002


en el levante, los cerros y la mirada cercana...


en el norlevante, la orilla y la espera incierta...


en el norte, el mar y el rumor de la lejanía...


en el norponiente, los tejados y la huella del viento...


en el poniente, las interminables escaleras y desvencijados ascensores...